lunes, 4 de abril de 2011

2.6.08

2 de Junio de 2008. 15.31. Terminal de ómnibus de Retiro. El micro ya había partido a su destino. Con las manos hundidas en los bolsillos de mi campera, caminaba rumbo a la salida cuando de repente te vi retirando tu bolso de la bodega del ómnibus. Habían pasado cuatro años desde la última vez que nos vimos, pero vos seguías igual que siempre. De repente una mano invisible me empujó a saludarte. Me acerqué esperando a que me reconocieras. Mi figura estaba mucho mas estilizada, y mi cabello ahora borgoña caía sobre mis hombros resaltando las bolitas plateadas en mi ceja. Había cambiado mucho, pero algo especial me hacía ver diferente.

Dije ‘hola’; te volteaste para retribuir el saludo pero no pudiste. Atónito, me miraste, y parpadeaste varias veces para corroborar que yo no era producto de tu imaginación. Sorpresivamente me sonreíste y me preguntaste qué hacía allí. ‘Rememoraba viejos momentos’, respondí. Tus facciones se endurecieron, como siempre después de cada separación. Nada había cambiado en estos cuatro años. ‘¿Y que es de tu vida?’, atinaste a preguntarme, con ese tono especial que siempre reservaste para mi. ‘Vamos a tomar un café y charlamos, ¿te parece?’, propuse. ‘No tengo tiempo, pero... esta bien’, tu frase de cabecera para demostrarle a la otra persona que no estas a gusto con la decisión tomada.

Luego de pedir lo de siempre entre nosotros, un cortado y un submarino, quise prender un cigarrillo para paliar la espera, pero me lo arrebataste y te agradecí. La orden de la cafetería nos sorprendió hablando de nuestras vidas después de nosotros. Me comentaste acerca de tu programa en una pequeña radio y de las propuestas que gracias a eso lograste conseguir. Me hablaste de tu familia, de tus padres, que decidieron instalarse definitivamente en Sourigues. De Mariano, que finalmente te hizo tío, tal cual como lo había pronosticado. Y de Gerardo y sus libros publicados. Yo, en cambio, te comente acerca de mi final decisión de seguir la carrera de Perito Calígrafo, cuando me fui de mi casa hace tres años, de la cual me queda solo un año para recibirme. Pero de amor, solo se habó cuando irrumpió el silencio en la mesa. Me animé a preguntarte cuanto te había traumado mi amor para que pienses que tener una pareja equivale a complicaciones, a lo que me contestaste con una carcajada. ‘Así estoy fenómeno’, me respondiste luego. ‘Eso porque todavía no te enamoraste de verdad’, te retruqué. ‘Yo también fui como vos después de separarnos’, y te comente todos mis romances.

Te conté como caí en el cuento chino –motor de mi indecisión acerca del fin de nuestra relación- que inventó mi compañero de Economía cuando cursaba el Ciclo Básico. Luego te confesé –conciente de tu ideología sobre ellos- los apasionados besos que me daba cada Sábado en un bar de Lanús con un suboficial de la Policía Federal. También te revelé el pequeño secreto que escondía con mi amigo padre soltero. La mentira que viví con un estudiante de Educación Física. El noviazgo –teórico y no práctico- con el hijo de mi compañera de trabajo cuando era celadora de transporte escolar. Y el culebrón al mejor estilo mexicano que protagonicé con el colectivero que me llevaba a casa al salir de la facultad, y posteriormente con el joven y apuesto sodero. ‘Pero a pesar de todo fue dificilísimo olvidarte’, finalicé.
‘Ya, vas a empezar... ves, ves por que no quería...’, callé tus labios con una seña, al mismo tiempo que atónito te quedaste observando la alianza que resplandecía en mi dedo anular. ‘Y finalmente lo logré’, completé mi frase.Como era de esperarse, tus facciones se relajaron, y una sonrisa se dibujó en tu boca. Ahora sí. Tenías la seguridad de que las palabras ‘Voy a volver a buscarte’ se las había llevado el viento.

La conversación fue mas amena a raíz de ese cúmulo de noticias. Hablamos acerca de cómo había conocido el amor, después de tantas idas y venidas inútiles, y te expliqué que al decir ‘rememoraba viejos momentos’ me refería a que vine a despedirme de mi gran amor, ya que motivos familiares lo obligaron a viajar de urgencia.

Finalmente nos despedimos, deseándote mucha suerte en tu vida personal, y te pedí perdón por haber traumado tu vida sentimental de ese modo. Fue lindo vernos... Exactamente cuatro años después de aquella despedida en el shopping de Avellaneda. Igual que en aquella secuencia, luego de saludarme con un beso –esta vez en la mejilla-, cruzaste la puerta de la terminal y te alejaste de mi vida sin voltear, mientras yo te contemplaba fumando el cigarrillo que mis nervios pedían a gritos, al mismo tiempo que, como hace cuatro años atrás, una lágrima rodó por mi mejilla. Estaba sola otra vez, pero no por mucho tiempo. Mi amor se había ido nuevamente... pero esta vez por una semana. Y después de todo no estaba tan sola. Su amor, mi amor, me acompañaría a todos lados, siempre, por el resto de mi vida, cumpliendo todos aquellos sueños que, alguna vez, soñamos juntos. Pero no te reprochaba nada. Es mas, te agradecía por haber tomado esa decisión que yo no me animaba a tomar, y que me había permitido ser lo que hoy soy: lo que siempre quise ser y de otro modo nunca hubiese podido ser.

(Esta catarsis fue escrita el 15 de Diciembre de 2004, hace casi 7 años. Es una despedida ficticia, de esas que sólo se dan en la mente, cuando no se dijo lo que había que decir al momento del adiós.)

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