martes, 30 de noviembre de 2010

Catarsis telefónica

Hoy voy a hablar de algo que me rompe soberanamente las pelotas: esa gente que tiene el dedo mas grande que el culo y marca cualquier cosa (léase mi teléfono) menos el número de la persona con quien desea hablar.

Para empezar, aclaro: mi número particular no figura en guias telefónicas y nadie, salvo miembros selectos de mi familia y círculo social (!!??), tiene el número de mi casa. Por ende, cuando suena en un horario irregular (mi familia es predecible a la hora de llamar) ya sé que no es para mí.

Empecemos hablando de Carlos. Carlos es el ex titular de mi número telefónico. Sabemos que al dar de baja una línea, Telefónica 'recicla' el número y lo entrega a un nuevo usuario. Los primeros meses, casi diría el primer año, han preguntado por Carlos numerosas personas y/o empresas como Vomistar entre otras. Hasta que un día, hablando con una operadora de Vomistar la increpo, luego de recibir varias llamadas de la compañía preguntado por este individuo: 'decime... Carlos les debe no???' La operadora se reía y me preguntaba por qué le estaba preguntando eso (valga la redundancia), a lo que le respondo 'porque ya estoy podrida de que me llamen preguntando por él!!!' A cada uno que llamaba pidiendo por Carlos, le preguntaba lo mismo, cada vez con tono mas disgustado y aclarándoles que borren ese número de sus agendas, porque AHORA LA LÍNEA ES MÍA!!! Con el pasar de los meses han dejado de llamarme, quien sabe a cuantos acreedores habrá cagado Don Carlos...

Creida que el asunto de Don Carlos había terminado, hace cosa de un par de meses tengo que soportar que me llamen las mamás amigas de la mamá de Federico. Lo que primero fueron 'No, equivocado' fueron mutando en 'Si, ya sé, pero está equivocado' y las últimas veces en 'Decile a la mamá de Federico que está dando el número de mi casa, que te dé bien el número porque siempre me llaman a mí'. Por suerte estas madres al pedo, víctimas de una cadena telefónica pedorra de jardín de infantes, no llamaron más. Léase: la mamá de Federico corrigió el teléfono.

Los acreedores de Carlos llamaban al mediodía, las mamis del jardín a la tarde. Pero los que quieren hablar con 'El Centro' y tienen el dedo mas grande que el culo llaman a las 9 de la mañana. Esas son mis mayores rabietas. Soy un mamífero que duerme hasta las 11, 11.30 de la mañana, y esta bola de inútiles telefónicos me despierta a las 9 de la mañana porque tienen dedos torpes, carcen de neuronas, compiten en la olimpiada de la idiotez, o son simplemente boludos profesionales. Creo yo, que hay una diferencia entre marcar 89 y 98... Y lo peor que te dicen en la cara que el número lo marcaron mal y te piden disculpas con un tono entre lastimoso y vergonzoso!!! Pedir disculpas no concilia de nuevo el sueño la reputa madre!!!

Y demás yerbas... Como el 'Hooooolaaaaaaaa!!! Su número ha sido seleccionado para una adjudicación de un Volkswagen Gol!!!', 'Becas exclusivas para su grupo familiar', 'Por su buen comportamiento en el pago de la factura telefónica usted puede acceder a un celular' (que termina siendo un fósil tecnológico invendible en cualquier local de electrodomésticos), 'Esta es una encuesta televisiva' (aclaro que no tengo televisión, estoy en el reducido grupo de gente que no necesita de una caja boba para entretenerse, prefiero estar frente al 'flat bobo' y elegir lo que quiero ver), entre otras oportunidades únicas e irrepetibles que terminan llenando mi contestadora automática una y otra vez, a pesar de ser oportunidades únicas e irrepetibles.

Así que ya sabe. Examine su dedo. Y si es mas grande que su culo, evítese las molestias de discar a mi casa si no quiere que le adjudique como oportunidad única un viaje a La Concha De La Lora.



Foto ilustrativa. El viaje real puede diferir de la foto.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Catarsis de una injusticia


'Caminar por donde quiera, caminar por las banquetas. Caminar con la certeza de este mundo de cabeza. Caminar con paso lento, esquivando los momentos. Caminar por los caminos de este extraño laberinto. Y tal vez no encuentre nada y sólo quede tu mirada. Y tal vez después de todo no sea tan malo de ese modo. Caminar con mi bandera, caminar a mi manera. Caminar, seguir andando, que no sabes hasta cuando. Caminar sin rumbo fijo, resolviendo el acertijo. Caminar, no queda de otra, así es esta vida loca. Y tal vez no encuentre nada y sólo quede tu mirada. Y tal vez después de todo no sea tan malo de ese modo. Y tal vez no encuentre nada...' (Caminar - Elefante en vivo en el Auditorio Nacional de México)

El Viernes al salir, luego de enterarme, la primera canción que me puso el reproductor de música fue Caminar. Y es que de eso se trata esto. En casi 5 años en 101 aprendí que todo se trata de eso: de caminar. Aprendí que el alto precio que pagan los mejores es de caminar. Esta vuelta te tocó caminar a vos, por más bronca que tenga. Y sí, me duele. Y me da bronca. Porque este no es un bello cuento en donde los buenos salen ganando, sino que siempre triunfa el mal. Y así fue siempre, y esta vez te ha tocado. Me quedo con un lindo recuerdo, con mucha impotencia y rencor. 101 ya no es lo mismo, me fata esa color que le ponías a lo monótono cada mañana/tarde, se siente en el aire para los que extrañamos.

Y tal vez no encuentre nada y sólo quede tu mirada. Los buenos recuerdos, como ese café cremoso que preparabas, esa seriedad fingida. Ese jugo aguado que te preparé un mediodía, mi ropa sucia por esas tareas bizarras que me encomendabas. Esa noche que ya habíamos cerrado y comenzaste a bailar meneando las caderas, con las notas de crédito en la mano al ritmo de 'perreo, perreo, perreo...' mientras todos te miramos atónitos y entre risas. Ese abrazo que me dabas cada día al vernos, pero sobretodo el último, que lo guardaré por siempre. La foto de tu despedida escrita y ese autógrafo que me diste una tarde, reemplazando la foto que deberiamos habernos tomado juntos. Espero que algún dia la vida nos cruce para poder tomarla.

Y tal vez después de todo no sea tan malo de ese modo. Todo cambio es bueno. Esto te ayudará a crecer, a pesar de que en mi alimente un sentimiento de odio hacia quien ocupa tu lugar. Alguien que no lo merece, que nunca ha sido santo de mi devoción, y que será mi cable a tierra para toda esta bronca que llevo dentro (de hecho en estos pocos días ya lo mandé a freir churros varias veces)

Y tal vez no encuentre nada. De las muchas personas que he conocido me he quedado solamente con dos. Es que es difícll encontrar en ese ambiente personas con las que valga la pensa seguir compartiendo mas allá de todo. Lo bueno de todo esto, es que este es el comienzo de una linda amistad. Me queda tu presencia en el Messenger, en mi Facebook, y como ya dije, en los recuerdos de los buenos momentos.

Que este no sea el adiós, que sea un hasta luego. Que a pesar de este distanciamiento sigamos en contacto. Sobretodo porque vos y yo sabemos que tenemos una deuda. Yo te lo dije claramente: te debo una y bien grande. No olvido mis deudas y las pago, aunque sea con creces, aunque este no sea el caso. No me olvides como yo no te olvidaré.

Te quiero mucho Ricky.

(15 de Noviembre de 2010)

miércoles, 10 de noviembre de 2010

410 - Módulo I © (Adaptación)

Salí de la escuela una hora antes de lo habitual por la ausencia de un profesor. Iba caminando por Cerrito mientras fumaba un cigarrillo con mis auriculares enchufados a mis oídos, disfrutando de una bella postal nacional: el Obelisco en todo su esplendor, en medio de la Avenida 9 de Julio. En mi bolsillo llevaba las monedas para el pasaje, un peso con veinticinco centavos. Mi reloj marcaba que habían pasado unos segundos de las diez y media de la noche. Mientras caminaba pensaba en Federico, el hombre que me hacía perder la cabeza. De repente y a lo lejos, veo como se acercaba mi colectivo. Detesto correrlos, y no sé por qué lo hice esa noche. Subí aún embalada en mis pensamientos y al pedir el boleto me quedé deslumbrada con la belleza de su conductor. Un joven de la edad de mi hermano, aproximadamente veinticinco años, de tez morena, cabello corto y negro, ojos café, y una hermosa y blanca sonrisa decorada por una suave barba de algunos días. Me dirigí a mi asiento preferido tratando de volver a la realidad, estaba demasiado perturbada como para ponerme a analizar que me pasaba. Cuando me tranquilicé decidí mirar por el espejo retrovisor y vi su seductora mirada que aceleraba los latidos de mi corazón. En uno de los semáforos nuestras miradas se cruzaron y mis mejillas se enrojecieron. Él lo debe haber notado, ya que su boca se curvó en forma de sonrisa cuando yo bajé la mirada vergonzosamente. Leí el boleto. Era el chofer cuatrocientos diez. Pensé y pensé todo el trayecto en cómo sería su nombre, aunque para mí ya era el 410. Estos pensamientos y muchos más acapararon mi mente, y cuando caí en la triste realidad ya tenía que descender. Guardé el boleto en mi carpeta y aferrándome fuertemente a ella, le eché la última mirada y descendí del ómnibus. No lo iba a ver jamás… Al menos eso era lo que yo pensé.

Dos meses después ya no quedaban rastros de su recuerdo, más que el boleto traspapelado entre mis apuntes con la tinta desteñida. Salí de la escuela con algo de anticipación, en un día en que el agua caía del cielo sin piedad ni impunidad en forma de tormenta, en un día otoñal a pesar de que era invierno. Corrí hasta la parada de colectivos, y al llegar a ella completamente empapada, afortunadamente encontré a mi colectivo. Subí agitada por la corrida, con el pulso acelerado a mil trataba de sostenerme en las barandas. Jadeando pedí mi boleto, y al levantar la mirada para corregir el importe que pedí por equivocación me encontré a mi platónico amor sentado frente al volante. ‘¿Estás bien? No quiero que te mueras aquí arriba’. Mi respiración seguía sonando agitada, pero el motivo ahora eran sus palabras. ‘Estoy bien, gracias’, atiné a decir con un dejo de nervios. Pedí mi boleto y ubiqué mi asiento frente a la puerta de descenso, de ese modo podría mirarlo cuando la gente solicitara una parada. Ya no me avergonzaba seducirlo, y mi cuerpo mojado por la lluvia me ayudaba. Miré mi boleto: ‘Chofer 410’. Inicié un juego de seducción que tristemente terminó cuando llegué a mi destino. No quería solicitar mi parada con el timbre como intermediario, así que desfilé por el pasillo y la solicité cara a cara. Saludé al bajar sin esperar respuesta alguna de su parte, y me sorprendí al escuchar un ‘Adiós’ de sus labios. Al descender, crucé la avenida mientas sentía como seguía cada uno de mis pasos, lo que confirmé al escuchar los bocinazos alertándolo de que el semáforo ya había mostrado su luz verde. En la esquina me encontré con Federico, algo inusual, pero tenía un porqué. Me confesó su amor, justo en el mismo momento en que estaban empezando a olvidarlo. Hice un rápido balance entre las noches que había sufrido a causa de amarlo, y cómo sería a futuro una relación con un desconocido, así que siguiendo a la razón jugué todas mis fichas de amor a Federico.

Pasaron otros dos meses para que volviera a reencontrarme con el cuatrocientos diez, y las casualidades de la vida quisieron que justo ese día estuviese acompañada por Federico. Sin que mi novio lo note, encaré la seducción por el lado de los celos, y me di cuenta de su efecto por su sonrisa pícara a través del espejo retrovisor. Al momento de descender, eché una última mirada de despedida y perdón por su espejo retrovisor, la cual contestó guiñándome un ojo en señal de disculpa. A la semana siguiente, y gracias a lo que había sucedido ese Sábado entablamos nuestra primera conversación. De ser el cuatrocientos diez, pasó a ser Matías. Me confirmó que cada noche pasaría a las diez y media por la esquina de mi escuela, así que haciendo uso de mis artimañas, sumado a que mi padre era el intendente de Avellaneda, conseguí un permiso especial para salir a esa hora, excusada por la distancia entre la escuela y mi casa. Y así fue siempre. Cada noche conversábamos durante esa hora que permanecía arriba del colectivo. Recuerdo que una noche me dijo ‘cuando faltas a clase o tengo el día libre te extraño’. Esa vez creí que me moría de amor. Pero ninguna de sus palabras insinuaba algún sentimiento... Hasta una templada noche de Octubre.

En el día de mi cumpleaños los alumnos salimos con anticipación luego del acto conmemorativo del aniversario del descubrimiento de América. Mis amigos insistieron en que cenáramos para festejar mis dieciocho años, pero accedí quedarme con ellos hasta las diez y media. Al llegar a la parada veo como un interno de la línea ochenta y dos venía jugando con sus luces y tocando bocina. Era Matías. Al abordar, y luego de saludarme por mi cumpleaños me entregó una bolsa con algunos regalos. Ante mi sorpresa por el costo de los mismos, discos de música y un celular de última generación, lo regané por haber gastado de su sueldo en un regalo costoso. Para mi asombro, me confesó que su padre era nada menos que el diputado Romero, amigo de mi padre. Me contó la distancia que había entre ellos a causa de no querer seguir sus pasos políticos y convertirse en un simple obrero. ‘Dinero es lo que me sobra, para eso sí soy su hijo’ me confesó con algo de amargura cómo su padre le pasaba una pensión mensual a pesar de todo. Durante el trayecto a mi casa me contó sobre su infancia, sobre su fallecida madre y su familia, que casualmente eran muy intima de la mía sin saberlo. Cuando llegó la hora de descender, lo invité al festejo de mi cumpleaños con mis amigos la noche siguiente, pero se rehusó objetando que no se sentiría a gusto entre adolescentes de dieciocho años. Descendí por la puerta trasera como cada noche para que Federico no sospeche, quien por ser mi cumpleaños me estaba esperando en la parada con un gran ramo de rosas. Luego de entregármelo, se fundió en un profundo beso, que por el rugir del motor del colectivo, enfureció a Matías.

Al llegar a mi casa, y luego de la reunión familiar para celebrar mi cumpleaños me interné en la habitación a analizar a fondo los discos que me había obsequiado Matías. Todos ellos muy románticos, y en el celular estaban grabados sus números telefónicos, celular y su casa. Algo desconcertada por el grado de sus indirectas, mis impulsos me hicieron discarle a su celular. Cuando atendió la llamada, la finalicé al darme cuenta de la locura que estaba cometiendo. Instantes después, cae un mensaje de texto: ‘Princesa, ya sé que fuiste tú quien me llamó. Mañana en la tarde paso a recogerte para que demos una vuelta en el colectivo antes que festejes tu cumpleaños. Te extraño.’ Después de leer el mensaje me fui a dormir, ya fueron demasiadas emociones para un solo día.

La tarde de ese Sábado Matías cumplió su promesa y pasó a recogerme por la parada. Otro día de lluvia, en el que me excusé con Federico fingiendo comprarme algo para vestir en la noche. En medio de la vuelta, la unidad se descompuso bajo la tormenta. Matías pasó sus pasajeros a otra unidad y fue hasta una estación de servicio cercana para comprar algo qué comer mientras esperábamos el auxilio. Al quedarnos solos en completa oscuridad, varados en medio de la lúgubre calle mientras comíamos en una improvisada mesa entre los asientos, Matías me increpó sobre aquella noche en que lo había seducido con celos. Me confesó que no había podido dejar de pensar en mí, y cuando estábamos a milímetros de besarnos vino el auxilio. Reparó la unidad descompuesta, y con algo de incomodidad por lo vivido me llevó de regreso hasta mi casa. Antes de descender, me preguntó en dónde festejaría mi cumpleaños, excusando curiosidad. Le indiqué en qué discoteca estaríamos, y descendiendo del ómnibus me despedí hasta el Lunes.

La noche de la discoteca estaba en su esplendor, habían asistido todos mis amigos. Cuando percibí que Federico había desaparecido, sentí como alguien rodeaba mi cintura con sus brazos. ‘Vine porque hoy quedó algo pendiente’, me susurró al oído antes de besarme profundamente. Federico había desaparecido porque mis amigos eran cómplices de Matías. Luego de confesarnos amor mutuo, nos despedimos prometiéndole que terminaría con la farsa de mi noviazgo.
Al finalizar la noche, cuando Federico me llevó hasta mi casa, decidí contarle lo sucedido y terminar nuestra relación, lo cual aceptó con amargura y dolor. Al día siguiente decidí contarles lo sucedido a mis padres, pero al confesarles que Matías era hijo de su amigo Rubén Romero, mis padres creyeron que era un caza fortunas y me prohibieron verlo. Angustiada por la discusión con mis padres, y en vista de que sería imposible volver a verlo ante la decisión de mi padre de irme a buscar personalmente a la escuela, en la noche preparé mi maleta y me fugué de mi casa. Le informé mi decisión a Matías, y a pesar de regañarme por lo que había hecho me recibió en su casa, con la condición de que seguiría con mi vida normal para no enfurecer más a mis padres y no perjudicar la futura candidatura a gobernador de mi padre con lo sucedido.

Pasaron meses enteros hasta que volví a ver a mis padres en la Navidad. Ante mi sorpresa, mis padres ya aceptaban a Matías, a causa de una fuerte discusión que tuvieron, en la que les demostró con pruebas contundentes que no mentía al afirmarse hijo de Romero. Y más aún, Matías se había reconciliado con su padre. La cena de Navidad fue plagada de sorpresas para todos, pero lo mejor fue cuando Matías me propuso matrimonio. Entre llantos, contenidos por tanta alegría fijamos fecha para Enero del próximo año. Era demasiada alegría junta, pero todo tiene su precio.

Luego de la boda en Enero, transcurrió casi un año de felicidad extrema para todos. Matías tenía una excelente relación con mis padres, con su padre, incluso se había hecho intimo amigo de Federico. Mi padre perdió las elecciones a gobernador, por lo cual esperaría hasta las nacionales para pelear junto con su flamante consuegro la presidencia. En Octubre recibimos aquella noticia que se hizo desear durante bastante tiempo: nuestro primer hijo. La vida transcurría con total normalidad, hasta podría decirse que era ¿perfecta?

Ocho meses después nos encontrábamos cenando con Federico en nuestro departamento. La ciudad estaba siendo sacudida por una despiadada tormenta, en una noche en la que un conflicto gremial desembocó en un cese de actividades de los colectivos. Matías estaba inquieto, sentía que debía cumplir con su jefe luego de que éste quiso ascenderlo y él se rehusó para darle la oportunidad a algún compañero que necesitara el dinero. Por más que Federico y yo quisimos detenerlo, poniendo como excusa que mi niño nacería en cualquier momento, Matías hizo caso omiso a nuestro pedido. Tomó su abrigo, me dio un extraño beso luego de mirarme por unos segundos, saludó a su hijo con otro beso y una caricia en mi vientre y abandonó el departamento. Sus últimas palabras hacia Federico fueron ‘Recuerda lo que me has prometido’. Matías murió esa misma noche cuando su colectivo perdió el control a causa de la fuerte tormenta, al chocar contra el guardarriel y caer a las frías aguas del Riachuelo en el Puente Pueyrredón. Las tareas de rescate se vieron dificultadas por el mal clima, por lo que la tragedia se cobró 70 vidas. Nadie sobrevivió.

A pesar del dolor que me desgarraba por dentro y la impotencia de no poder haber hecho nada para detenerlo, debía seguir adelante con mi vida por mi pequeño que estaba a punto de nacer. Las últimas palabras de Matías hacia Federico escondían la promesa de que Federico velara por mi hijo y por mí si a él le sucedía algo, a modo de presentimiento por lo sucedido. Accedí a casarme con Federico, aclarando de antemano que jamás podría verlo como hombre, de todos modos Federico no quería más que cumplir la promesa que le había hecho a su amigo.

Los años fueron pasando. El recuerdo de Matías siempre estuvo presente en mi hogar, y a mi pequeño se le inculcó a Matías como su verdadero padre desde su infancia. La fórmula de Rubén Romero y mi padre ganaron las elecciones presidenciales cuando el pequeño Matías comenzaba la escuela. El mundo seguía girando a pesar de todo, sólo esperábamos que Matías se convirtiera, aunque sea, en la sombra del gran hombre que fue su padre.

(Veinte años después)

Salí de la terminal rumbo a la playa de estacionamiento antes de lo habitual por la ausencia de varios choferes. Iba caminando tranquilamente, no tenía apuro alguno. No era mi responsabilidad manejar, no era chofer, pero me gustaba. En el bolsillo de mi campera llevaba las llaves de mi colectivo, el cuatrocientos diez. Mi reloj marcaba que habían pasado unos segundos de las diez y media de la noche. Mientras manejaba por Cerrito pensaba cuándo encontraría el verdadero amor. De repente y a lo lejos veo como una pasajera corría para alcanzarme. Detesto parar cuando lo hacen, y no sé por qué lo hice esa noche. Abrí la puerta aún embalado en mis pensamientos, y cuando me pidió el boleto me quedé deslumbrado con su belleza. Una joven de aproximadamente veinte años, de tez blanca, cabello algo ondulado largo y abundante, ojos negros como su cabello y una hermosa sonrisa decorada con un piercing bajo su labio. Se dirigió al último asiento mientras yo trataba de volver a la realidad, estaba demasiado perturbado como para ponerme a analizar que me pasaba. Cuando me tranquilicé decidí mirar por el espejo retrovisor y vi su seductora mirada que aceleraba los latidos de mi corazón. En uno de los semáforos nuestras miradas se cruzaron y mis mejillas se enrojecieron. Ella lo debe haber notado, ya que su boca se curvó en forma de sonrisa cuando yo bajé la mirada vergonzosamente. Inmediatamente recordé la cadena que colgaba de su cuello. Sara. Pensé y pensé todo el trayecto en cómo sería su nombre, aunque para mí ya era Sara. Estos pensamientos y muchos más acapararon mi mente, y cuando caí en la triste realidad se encontraba junto a mí, dispuesta a descender. Guardé su rostro en mi mente y aferrándome fuertemente al volante, le eché la última mirada y la vi desembarcar del ómnibus. No la iba a ver jamás… Al menos eso era lo que yo pensé.

(N.D.A.) Por qué adaptación???: Esta es la adaptación en primera persona de una novela que estoy escribiendo de a poco, para ponerla a concursar en algún certamen literario. Está compuesta por tres módulos, este es el primero. El original del módulo I asciende a 26 páginas. Si la entrada les parece un poco larga, consideren lo que fue resumir esas 26 páginas a 4.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Miradas

Hacía un tiempo que trabajábamos en la misma oficina. No sé cuándo, no sé cómo, pero ella comenzó a llamar mi atención. La duda no es un buen camino, todo tiene una razón. Y no quería arrepentirme a futuro por algo que nunca pasó.

No podía evitar el desvío de mi mirada, a pesar de que ella no lo percataba. Lo que al principio eran inocentes miradas fueron mutando en sonrisas cuando sus ojos se chocaban con los míos. Ella me hacía notar su desprecio, de manera sutil para que los presentes no lo noten, en una suerte de lenguaje íntimo entre los dos. A medida que las miradas y las sonrisas me iban quedando chicas, buscaba otros recursos para mostrarle mi inexplicable interés en ella. Cuando la tenía cerca de mí le susurraba cosas, reforzadas con miradas fijas que ella esquivaba con molestia. Con el tiempo, esas miraditas inocentes, espiadoras de sus actos, se fueron convirtiendo en insinuantes, acompañadas por algún que otro mordisco de labio. Había iniciado un juego de seducción. Sólo. Ella aún no me respondía de la misma manera. Hasta que un día, ante una de mis jugarretas en público, ella me sonrió.

En ese mismo instante olvidé mi familia, mi esposa, mi hijo… Absolutamente todo. No sabía donde terminaría lo que acababa de empezar. Sólo quería amanecer con ella y mi futuro ya me daba igual, no encontraba una razón para mirar hacia atrás. Ella acaparaba mi mente de una manera excepcional. Vagaba en silencio por mi habitación en las noches, y a la vez que me preguntaba si yo también estaba en sus sueños, vagando en silencio por su habitación en las noches. En mi mente era culpable y protagonista de los pensamientos más bajos y sucios. No me importaba su familia, su esposo, mi esposa, mi hijo, su hijo. Sólo quería que ella fuera mía. Después de todo, la vida no se trata más que de un juego, donde se pierde se gana, nadie sabe qué será de uno, y más cuando la cabeza le grita al corazón qué es lo que tiene que hacer.

Reforcé mi juego de seducción más que nunca, y contuve mis instintos por no besarla delante de la multitud de la oficina pública. Pero que ella me haya sonreído una vez no implicaba que quisiera estar conmigo.

Durante meses, casi un año, la seduje con todas mis fuerzas. A veces sonreía. A veces se enojaba. ¡A veces me seducía! O al menos eso era lo que yo quería creer. Hasta que un día, llegó ese día, esas palabras que por tanto tiempo había esperado. Trabajando juntos en mi oficina, solos. Acaricié su rostro en una seducción avanzada y desafiante. Al no escuchar réplica alguna de mi comportamiento, decidí avanzar. Lentamente acaricié su cintura, clavé la mirada en sus ojos y cuando la estaba acercando hacia mí para besarla, se desenredó de mis insolentes brazos, y lo único que dijo fue ‘Me separé de mi esposo’. Es cierto que la vida le guarda a uno sorpresas, y esta vez me sorprendió. Era mi oportunidad, lo que esperé durante tanto tiempo. Si ella quería sería mía y de nadie más.

Pero a lo único que atiné fue a besar la comisura de su boca con una mitad de sus labios. Le esbocé una sonrisa algo perversa en su perturbado rostro y me alejé de la oficina. La historia sin tiempo y sin final había culminado. Ya no era divertido ni excitante si era legal. Ya no.

(Inspirado en la canción ‘Historias’ de Elefante, de su cuarto disco ‘Resplandor’, compuesta por Rafa López)