miércoles, 3 de noviembre de 2010

Miradas

Hacía un tiempo que trabajábamos en la misma oficina. No sé cuándo, no sé cómo, pero ella comenzó a llamar mi atención. La duda no es un buen camino, todo tiene una razón. Y no quería arrepentirme a futuro por algo que nunca pasó.

No podía evitar el desvío de mi mirada, a pesar de que ella no lo percataba. Lo que al principio eran inocentes miradas fueron mutando en sonrisas cuando sus ojos se chocaban con los míos. Ella me hacía notar su desprecio, de manera sutil para que los presentes no lo noten, en una suerte de lenguaje íntimo entre los dos. A medida que las miradas y las sonrisas me iban quedando chicas, buscaba otros recursos para mostrarle mi inexplicable interés en ella. Cuando la tenía cerca de mí le susurraba cosas, reforzadas con miradas fijas que ella esquivaba con molestia. Con el tiempo, esas miraditas inocentes, espiadoras de sus actos, se fueron convirtiendo en insinuantes, acompañadas por algún que otro mordisco de labio. Había iniciado un juego de seducción. Sólo. Ella aún no me respondía de la misma manera. Hasta que un día, ante una de mis jugarretas en público, ella me sonrió.

En ese mismo instante olvidé mi familia, mi esposa, mi hijo… Absolutamente todo. No sabía donde terminaría lo que acababa de empezar. Sólo quería amanecer con ella y mi futuro ya me daba igual, no encontraba una razón para mirar hacia atrás. Ella acaparaba mi mente de una manera excepcional. Vagaba en silencio por mi habitación en las noches, y a la vez que me preguntaba si yo también estaba en sus sueños, vagando en silencio por su habitación en las noches. En mi mente era culpable y protagonista de los pensamientos más bajos y sucios. No me importaba su familia, su esposo, mi esposa, mi hijo, su hijo. Sólo quería que ella fuera mía. Después de todo, la vida no se trata más que de un juego, donde se pierde se gana, nadie sabe qué será de uno, y más cuando la cabeza le grita al corazón qué es lo que tiene que hacer.

Reforcé mi juego de seducción más que nunca, y contuve mis instintos por no besarla delante de la multitud de la oficina pública. Pero que ella me haya sonreído una vez no implicaba que quisiera estar conmigo.

Durante meses, casi un año, la seduje con todas mis fuerzas. A veces sonreía. A veces se enojaba. ¡A veces me seducía! O al menos eso era lo que yo quería creer. Hasta que un día, llegó ese día, esas palabras que por tanto tiempo había esperado. Trabajando juntos en mi oficina, solos. Acaricié su rostro en una seducción avanzada y desafiante. Al no escuchar réplica alguna de mi comportamiento, decidí avanzar. Lentamente acaricié su cintura, clavé la mirada en sus ojos y cuando la estaba acercando hacia mí para besarla, se desenredó de mis insolentes brazos, y lo único que dijo fue ‘Me separé de mi esposo’. Es cierto que la vida le guarda a uno sorpresas, y esta vez me sorprendió. Era mi oportunidad, lo que esperé durante tanto tiempo. Si ella quería sería mía y de nadie más.

Pero a lo único que atiné fue a besar la comisura de su boca con una mitad de sus labios. Le esbocé una sonrisa algo perversa en su perturbado rostro y me alejé de la oficina. La historia sin tiempo y sin final había culminado. Ya no era divertido ni excitante si era legal. Ya no.

(Inspirado en la canción ‘Historias’ de Elefante, de su cuarto disco ‘Resplandor’, compuesta por Rafa López)

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